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¿Hablamos lo suficiente sobre los riesgos de la epilepsia?
Cuando se diagnostica epilepsia o cuando las crisis se vuelven más frecuentes, surge una pregunta difícil: ¿qué riesgos tiene esta enfermedad más allá de las crisis mismas? ¿Se comunican todos los riesgos a los pacientes? ¿Y se hace de una forma que ayude, no que asuste? ¿Tienen los neurólogos formación para hacer esa comunicación de manera adecuada?
Cuando se diagnostica epilepsia o cuando las crisis se vuelven más frecuentes, surge una pregunta difícil: ¿qué riesgos tiene esta enfermedad más allá de las crisis mismas? ¿Se lo decimos todo a los pacientes? ¿Y lo hacemos de una forma que ayude, no que asuste? Un estudio reciente — How Epilepsy risks might be introduced and discussed in initial outpatient telephone appointments (Smart et al., 2025) — investiga cómo son esas primeras conversaciones, y nos plantea que quizá haya margen de mejora. Aquí lo esencial, y algunas ideas prácticas.
Lo que se ha observado:
El estudio capturó grabaciones de conversaciones telefónicas iniciales entre neurólogos (u otros clínicos) y pacientes.
En esas llamadas, los riesgos no siempre se introducen de forma estructurada o completa. Algunas veces sólo se mencionan peligros comunes, pero sin explicar bien cuándo, cómo, con qué probabilidad, ni qué se puede hacer para mitigarlos.
Hay además barreras: falta de entrenamiento específico en comunicación de riesgo, tiempo limitado en las citas, miedo a causar ansiedad, o que el paciente no lo entienda bien. O incluso que te vea un neurólogo diferente en cada ocasión y no pueda adecuar la información al contexto.
¿Qué deberíamos hacer mejor?
Basado en lo que muestran este y otros estudios, estas serían buenas prácticas:
Temprano pero adecuado: no esperar demasiado para hablar sobre riesgos, pero hacerlo cuando el paciente o la familia lo pueda procesar. Introducir poco a poco, conforme va habituándose al diagnóstico.
Información personalizada: adaptar lo que se dice al tipo y frecuencia de crisis, historial clínico, estilo de vida del paciente, pero también el contexto educativo y cultural. No todos los riesgos aplican igual para todos.
Claridad sobre probabilidades: diferenciar lo raro de lo frecuente; qué riesgos son más “modificables” (medicación, sueño, adherencia, etc.), cuáles menos.
Hablar de lo que se puede hacer: no sólo exponer los peligros, sino estrategias concretas — controlar las crisis, mejorar la adherencia, modificar factores de riesgo, etc.
Comunicación bidireccional y apoyo emocional: permitir que el paciente o la familia haga preguntas, expresar el miedo o la preocupación; validar esas emociones; asegurarse de que haya espacio para comprender.
Repetir / reforzar: no es una sola conversación. Los pacientes asimilan mejor la información cuando se repite, se revisa, se clarifica.
¿Tenemos los profesionales las habilidades necesarias?
Aquí entran algunos puntos críticos:
Muchos profesionales sienten que no tienen formación suficiente para hablar de riesgos como SUDEP u otros peligros asociados con la epilepsia. El SUDEP es muy poco frecuente, pero en diversas encuestas y estudios se ha visto que los familiares y las personas con epilepsia prefieren saber a no saber. Este tema es muy importante y lo abordaremos de manera más concreta en el futuro.
En ocasiones, evitan hablar de temas que creen que serán demasiado pesados, para “proteger” al paciente, lo cual puede dejar un hueco de información.
Además, no siempre hay guías claras o protocolos firmes que digan cómo y cuándo hacer estas conversaciones de riesgo.
¿Qué consecuencias tiene no hacerlo bien?
El paciente puede sobreestimar o subestimar el riesgo, lo que dificulta el manejo realista y la toma de decisiones informada.
Puede generar miedo, incertidumbre, o incluso desconfianza si luego sucede algo que no se había explicado bien.
También puede afectar la adherencia al tratamiento: si no se comprende bien por qué es importante seguir la medicación, evitar desencadenantes, etc., es más probable que haya fallos.
Conclusión: hacia una conversación más humana y eficaz
Creo que sí, muchas veces no hablamos con la profundidad ni el detalle suficiente, o lo hacemos de forma que no llega como debería. Pero no es culpa de nadie: es algo que requiere tiempo, apoyo institucional, guías, entrenamiento.
Para que la conversación sobre riesgos no dañe sino que empodere, se necesitaría:
Formación específica para profesionales en comunicación de riesgos. La capacidad de comunicación de neurólogos y otros profesionales no debería depender de la empatía o interés innato que tiene el profesional a nivel individual. Es tan importante que debería entrenarse en la formación. Las palabras dañan, y las palabras mejoran la salud por sí solas.
Protocolos o listas que ayuden a no olvidar aspectos claves (p.ej. riesgos modificables, probabilidades, medidas preventivas)
Espacio en la consulta y tiempo para hablar con calma, escuchar preguntas. Esto es un factor clave. Las consultas cortas, el “fast-food medicine” dificulta que en algunos contextos se puedan aplicar estas mejoras.
Material de apoyo sencillo para pacientes y familiares, que puedan llevarse a casa
Soy consciente de que esta newsletter no sustituye a ninguna consulta, pero espero ayudar con esta información al máximo de familias. Si os resulta interesante, compartidlo🤗
Referencias principales para profundizar:
Smart C., Page G., Shankar R., Newman C. (2025). How Epilepsy risks might be introduced and discussed in initial outpatient telephone appointments.
Smart C., Page G., Shankar R., Newman C. (2020). Keep safe: The when, why and how of epilepsy risk communication. Seizure.
Stern JM, McAuley JW, et al. (2018). Neurologist–patient communication about epilepsy in the United States: A dialectic interplay. PMC.